jueves, 11 de agosto de 2016

Capítulo 1: La Doctora Cathleen Rainer

Capítulo 1
Cambridge, Inglaterra.

En el laboratorio de biología molecular de la Universidad de Cambridge, por norma general se estudiaban las enfermedades infecciosas más mortales y sus mutaciones. Era un lugar con altas medidas de seguridad y esto le servía al gobierno para encubrir sus experimentos avanzados con la genética humana. La doctora Cathleen Rainer trabajaba en una de esas divisiones encubiertas solo que su vida no era tan excitante como cabía esperar. Al principio, cuando la contrataron por su expediente brillante y se lo pintaron todo tan bien, pensó que su vida sería diferente, sobre todo cuando se pasó seis meses familiarizándose con los protocolos de seguridad gubernamentales. Llegó un momento en el que fantaseó con la idea de convertirse en un agente secreto pero no, la vida era una mala perra y se lo iba a demostrar.
Después de dos años trabajando en un laboratorio sin nombre que oficialmente no existía en la universidad de Cambridge, la doctora Cathleen Rainer estaba sola, y no porque fuera la única que trabajaba allí si no porque las otras dos personas que compartían espacio de trabajo con ella, se habían ido a un congreso en Corea del Sur al que, por supuesto, no había sido invitada ¿Quién si no iba a quedarse a vigilar las muestras? Esa era la función de la doctora Rainer, pringar como una campeona mientras el resto del equipo se lo pasa en grande. Lo gracioso e irónico del asunto es que era consciente de que sus compañeros eran mediocres en sus trabajos ¿Cómo habían llegado hasta ahí esos dos simios con una titulación regalada?
Cada día se sentía más asqueada, sobre todo porque el sueldo era miserable y ni siquiera cobraba lo mismo que esos dos cenutrios. ¿Y por qué no lo mandaba todo a la mierda? Pues muy buena pregunta, se la había hecho un montón de veces porque con un historial como el suyo, las diversas publicaciones en revistas de fama internacional y una tesis publicada la cual tomaban como referencia muchos estudios en marcha, era muy probable que la recibieran con los brazos abiertos en muchos rincones de este planeta. Pero el prestigio de la universidad de Cambridge era único… eso se repetía una y otra vez cuando le entraban ganas de marcharse. Lo que le sucedía a la doctora Rainer es lo que le pasa a mucha gente, tenía miedo a salir de su zona de confort y sólo necesitaba un empujoncito para cambiar su vida.
Mientras vigilaba las dichosas muestras, en este caso, orejas “humanas” que estaban siendo “cultivadas”, tirada frente a la pantalla que monitorizaba cualquier anomalía en las muestras, intentaba sobrellevar la falta de sueño después de haber trasnochado. Había una raid en el Warcraft que no podía rechazar y menos cuando en el trabajo no iba a haber nadie para darle la chapa.
Pero no, su vida tenía que seguir siendo una mierda y sus compañeros tenían que volver antes de lo previsto así que abrieron la puerta abrupta y sonoramente despertándola de sus sueños eróticos con Kit Harrington.
—¡Cathleeeen! ¿Cómo van nuestras pequeñas orejitas? —la voz de Robert retumbó por todo el laboratorio mientras ella se enderezaba—. No habrás roto nada mientras no estábamos ¿Verdad?
—No, Robert —se estiró y se levantó apoyándose en la mesa con cara de hastío—, las muestras están casi como las dejasteis.
—Pues deberían haber crecido unas micras según mis cálculos —espetó Marcel que llevaba aun las bolsas de la duty-free—. Alguien no ha estado haciendo su trabajo…
—Marcel… —puso los ojos en blanco—. Han crecido lo previsto para este periodo de tiempo y mi trabajo no era hacerlas crecer si no monitorizar su crecimiento, así que en teoría, he estado haciendo mi trabajo.
—Cathleen, deberías buscarte un novio para curar ese humor de perros que tienes.
            Marcel dejó las bolsas en la mesa y se unió a Robert haciendo gestos sexuales con los brazos y las caderas entre risas mientras Cathleen se volvía hacia su pantalla dándoles la espalda.
—Asquerosos…—murmuró—. Avisadme cuando el tema de conversación vuelva al campo científico.
—Ah sí, sólo hemos pasado por aquí de camino al despacho del jefe porque vamos a celebrar el éxito de nuestros estudios en el congreso de Corea.
—Vaya, Robert, eso es genial —se volvió hacia ellos con una sonrisa sarcástica—. ¿Qué fue exactamente lo que les interesó? ¿Mi artículo del mes pasado sobre la reconstrucción ósea con células madre o la referencia a mi tesis?
—Nena, ese “mi” tienes que cambiarlo —negó con la cabeza entre risas con aire de suficiencia—, ahora trabajas en equipo y todo lo que publiques es “nuestro”.
—Vamos, Robert —Marcel tiró de él hacia la salida—, alguien está en esos días del mes ¡Peligro, marea roja!
            Cathleen agradeció que aquellos dos simios salieran por la puerta aunque fuera mofándose de ella porque si permanecían un segundo más en el laboratorio, puede que hubiera cometido un delito grave.
Como era de esperar, después de reunirse con el jefe, ninguno de los machitos alfa se dignó a pasarse por el laboratorio para comentar las conclusiones del congreso ¿Para qué? A ella le darían un informe lleno de faltas de ortografía e incoherencias del cual, lo más probable sería que el setenta por ciento fuera pura ciencia ficción.
Sus horas de trabajo habían concluido y ella se marchaba a su humilde hogar cuando, al cerrar la puerta del laboratorio, escuchó que alguien la llamaba a su espalda.
—Doctora Cathleen Rainer, supongo.
—No hay otra doctora en esta planta —entrecerró los ojos y se volvió para mirar a la misteriosa figura que se ocultaba entre las sombras—. ¿Quién es usted? ¿Sabe que esto es una zona restringida?
—Tengo autorización —dando un paso al frente mostró su tarjeta—, Capitán Jane Abbott, de la C.I.A.
            Por un instante, Cathleen se quedó sin habla pensando que se había metido en problemas con los peces gordos del otro lado del charco y ni siquiera había sido culpa suya. Claro, para tirarse el pegote el mérito era de todos, pero cuando había algún marrón importante, la responsable total del proyecto era ella.
—No se preocupe, señorita Rainer —se acercó a ella tendiéndole la mano al ver que Cathleen palidecía—, no ha hecho nada malo, todo lo contrario, he venido para hacerle una proposición.
—Bueno, Capitán Abbott —murmuró mientras le tendía la mano temblorosa—, no sé en qué podría ayudarle yo.
—¿Podemos hablar en un lugar más tranquilo?
—Sí, hay una sala de reuniones al fondo del pasillo, acompáñeme.
La capitana Abbott era una señora elegante, le calculaba cuarenta, cerca de los cincuenta pero bien conservada, en un buen estado físico, además era muy alta y, por qué no decirlo, guapa, la típica belleza de culebrón en plan “Dinastía”. Con esos taconazos y ese traje de chaqueta combinado con falda lápiz sólo enfatizaba su altura de más de 1,75 que dejaba a la altura del betún mediocre 1,60 de Cathleen.
            Cathleen guió a la capitana hacia la sala y le abrió la puerta esperando a que ésta se acomodara para cerrar y sentarse frente a ella. La estancia era del tamaño de un despacho con una pequeña máquina de café, un dispensador de agua, una mesa y tres sillas.
—¿Quiere tomar algo de beber, capitán? —ofreció Cathleen
—Está bien así, doctora —sonrió—, gracias, quisiera terminar con esto lo antes posible, además usted debe estar cansada y querrá irse a casa.
            Por segunda vez la oficial había dejado sin habla a Cathleen pero esta vez por un motivo muy distinto. Hacía mucho tiempo que en su entorno laboral no encontraba una persona tan considerada. Era muy probable que su amabilidad se debiera a que quería algo de ella pero aun así casi se le saltaban las lágrimas porque, por fin estaba siendo tratada como un ser humano.
—Doctora Rainer, no puedo darle muchos detalles por el momento pero sé que está familiarizada con los protocolos de seguridad.
—Sí, claro, sé que hay detalles que no pueden contarme hasta que no firme el contrato —suspiró acomodándose en su asiento—, aunque supongo que a estas alturas ya me habrán investigado y ya habrán hablado con mis jefes.
—Nuestro deseo es que se incorpore lo antes posible y por ello hemos acelerado las gestiones…
—Un momento, capitán —interrumpió masajeándose las sienes—, si está todo decidido ¿Qué pinto yo en todo esto?
—Usted tiene la última palabra, de nada servirán todas las gestiones hechas anteriormente si usted declina nuestra oferta.
—Está bien, no interrumpo más —se cruzó de brazos—, cuénteme lo que me pueda contar.
—Muy bien, doctora Rainer —sonrió afablemente—, le propongo un viaje a la polinesia, a una base secreta en medio del pacífico donde usted tendría su puesto de trabajo.
—Ah, genial… —miró hacia el techo intentando imaginarse cómo sería ver el sol todos los días—. Y supongo que aun no puedo saber cuál sería mi trabajo.
—No, pero sí puedo adelantarle que le triplicaríamos el sueldo.
            Por tercera vez, la capitana había conseguido dejarla en modo silencioso. Al fin y al cabo vivimos en un mundo materialista y esto había sido la puntilla que necesitaba para salir del agujero en el que había estado atrapada dos largos años.
—Sólo tengo una pregunta…
—Si puedo responderla…
—¿La conexión a internet es buena y tienen tele por cable?
            Esta vez fue Cathleen quien dejó a la oficial sin habla pero poco a poco en el rostro de ésta empezó a dibujarse una sonrisa.
—Conocemos sus actividades online, no se preocupe, doctora, disfrutará de su ocio en nuestras instalaciones al igual que lo hace aquí.
—¿Cuándo nos vamos?
            La capitana soltó una carcajada y le tendió la mano como para sellar el contrato. Mientras se las estrechaban continuó hablando.
—Hemos contratado un servicio de mudanza y esperamos que en una semana todas sus pertenencias estén en la bodega del avión que la trasladará a usted lo antes posible a nuestras instalaciones.
—Vaya, sí que se mueven rápido ustedes allí enfrente ¿Eh?
—Y nosotros sabemos valorar a las personas que realmente merecen la pena.
            La oficial se levantó, abrió la puerta de la sala de reuniones y se paró un minuto antes de salir.
—Mañana recibirá la visita en su casa de un agente que se encargará del papeleo legal —bajó el picaporte para abrir la puerta—, ya sabe cómo va esto de firmar contratos…
—Sí, bueno…
—Ah, y los de la mudanza llegan a las diez de la mañana —salió del despacho—, así que esté pendiente de ellos.
—Pero mañana a las diez estoy en el laboratorio…
—No, querida —se volvió hacia ella—, usted ya no trabaja para ellos. Despídase como es debido, hágame caso.
            Le guiñó un ojo y se marchó sin añadir nada más. La Capitana Abbott le pareció una persona curiosa, parecía la hermana mayor que nunca tuvo porque era como la voz de la experiencia.
Pensó en la frase de la teniente: “Usted ya no trabaja para ellos, despídase como es debido, hágame caso.” y decidió que debía ir a decirles adiós allí donde se encontraban, en el pub a donde sabía que iban a celebrar siempre sus éxitos en los congresos.
Aparcó el coche al lado del puente y esperó a que los dos simios y su jefe salieran del pub. Robert y Marcel bebían como cosacos. El jefe, al que Cathleen sólo conocía de vista, por cierto, estaba mayor y con poco que bebiera, ya le afectaba bastante. No tuvo que esperar demasiado para verlos aparecer por el puente tambaleándose, apoyándose unos en otros así que encendió el motor, aceleró y, en cuanto estuvieron en la mitad del puente, paró el coche enfrente de ellos cegándoles con los faros encendidos y gritó:
—¡No podéis pasar!
—¿Qué demonios…? —farfulló el viejo que entornaba los ojos intentando adivinar quién conducía el vehículo agresor.
            Entonces, cruzó el puente a toda velocidad desequilibrándoles y haciéndoles caer al agua. No se sentía tan bien desde que había recibido los máximos honores al presentar la tesis pero también sabía que debía tener cuidado, esos seres patéticos debían sobrevivir, no existe el asesinato perfecto, todo el mundo lo sabe.
Paró el coche a un lado de la carretera y corrió a asomarse a la barandilla del puente. No pudo evitar reírse al verles chapotear furiosamente en la oscuridad, intentando llegar a la orilla.
—Valar Morghulis —les gritó desde lo alto del puente y se marchó.
—¿Cathleen? —chilló Robert medio ahogándose—. ¿Qué coño dices? ¡Sácanos de aquí, puta! ¡Cathleen!
Por supuesto que Robert y Marcel intentaron denunciar o emprender alguna clase de acción contra Cathleen pero les fue imposible, antes de que intentaran despedirla, se habían esfumado ella, sus archivos y todas sus investigaciones. Discos duros, papeles, documentos… nada que sugiriera que Cathleen Rainer hubiera trabajado allí en ningún momento.
 Eso sí que no tenía precio, para todo lo demás tenía el sueldo triplicado cortesía del gobierno de los Estados Unidos de America.




Doctora Cathleen Rainer

3 comentarios:

  1. Inicio prometedor. Pero decídete: teniente o capitan? :-)

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  2. ¡Corregido! Gracias por el apunte. Lo repasé un poco con prisas porque iba con retraso para publicar y debe de tener algún que otro fallo más ;D

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